Carmilla
Carmilla A menudo me pregunté si nuestra bonita huésped decía alguna vez sus oraciones. Desde luego, yo no la había visto nunca de rodillas. Por la mañana, nunca bajaba hasta mucho después de que hubieran terminado nuestras oraciones familiares, y, por la noche, jamás abandonaba el saloncito para asistir a nuestras breves plegarias vespertinas en la sala.
De no haber salido casualmente en una de nuestras charlas perezosas el que había sido bautizada, yo hubiera dudado que fuera cristiana. La religión era un tema sobre el que jamás le había oído decir una sola palabra. Si yo hubiera conocido mejor el mundo, esa particular negligencia o antipatía no me hubiera sorprendido tanto.
Las precauciones de la gente nerviosa son contagiosas, y las personas de temperamento semejante acabarán, indudablemente, al cabo de un tiempo, por imitarlas. Yo había adoptado la costumbre de Carmilla de cerrar con llave el dormitorio, tras meterme en la cabeza todas sus caprichosas inquietudes sobre atacantes nocturnos y asesinos al acecho. Había adoptado también sus precauciones de llevar a cabo un breve registro por toda la habitación para quedar tranquila en cuanto a que no se había «situado» en ella ningún asesino apostado.
Una vez tomadas esas sabias medidas me puse en la cama y me dormí. Había una luz encendida en mi habitación.