Carmilla
Carmilla No puedo calificarlo de pesadilla, porque tenÃa plena conciencia de estar dormida. Pero tenÃa igualmente conciencia de encontrarme en mi habitación, tendida en mi cama, precisamente tal como realmente estaba. Vi, o imaginé ver, la habitación y su mobiliario exactamente tal como los acababa de ver; sólo que habÃa mucha oscuridad, y vi algo moverse por el pie de la cama, algo que, en un comienzo, no pude distinguir con precisión. Pero no tardé en percibir que se trataba de un animal de un negro fuliginoso parecido a un gato monstruoso. Me pareció que tendrÃa como cuatro o cinco pies de largo, ya que medÃa tanto como la alfombra junto al hogar cuando pasó sobre ella; y continuamente iba y venÃa con la flexible inquietud siniestra de un animal enjaulado. Yo no podÃa gritar, aunque, como supondrás, estaba aterrada. Su andar iba haciéndose cada vez más rápido, y la habitación cada vez más oscura, y, finalmente, tan oscura que ya no pude ver nada en ella, salvo sus ojos. Lo sentà saltar ágilmente sobre la cama. Los dos grandes ojos se acercaron a mi rostro, y, súbitamente, sentà un dolor punzante, como si me clavaran dos grandes agujas, separadas por una pulgada, profundamente en el pecho. Me desperté dando un grito. La habitación estaba iluminada por la vela que ardÃa en ella durante toda la noche, y vi una figura femenina erguida al pie de la cama, un poco hacia el lado derecho. Llevaba un vestido oscuro y suelto, y su cabello le caÃa sobre los hombros, cubriéndolos. Un bloque de piedra no hubiera podido estar más inmóvil. No habÃa en ella el menor movimiento de respiración. Mientras yo la miraba, la figura parecÃa haber cambiado de sitio, y se encontraba ahora más cerca de la puerta; luego, cuando estuvo ya junto a ella, la puerta se abrió, y aquélla salió.