Carmilla

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VII

Descenso

Sería inútil que tratara de contarte el horror con que, incluso ahora, recuerdo el episodio de aquella noche. No fue el terror transitorio que deja tras de sí un sueño. Parecía profundizarse con el tiempo, y comunicarse a la habitación y al mismo mobiliario que habían enmarcado la aparición.

El día siguiente no pude soportar que me dejaran sola ni un momento. Se lo hubiera contado a papá, de no existir dos razones en contra. Pensé, por una parte, que se reiría de mi historia, y que yo no podría soportar que aquello fuera tratado en broma, y, por otra parte, que podría imaginar que había sido atacada por el misterioso mal que había invadido aquellos vecindarios. En cuanto a mí, no tenía temores en este sentido, y, como mi padre había estado enfermo durante un tiempo, tenía miedo de alarmarle.

Me sentí bastante confortada teniendo cerca a mis bondadosas compañeras, Madame Perrodon y la vivaz Mademoiselle De Lafontaine. Ambas se dieron cuenta de que yo estaba agitada y nerviosa, y, finalmente, les conté lo que tanto pesaba en mi espíritu.

Mademoiselle se rió, pero creí percibir que Madame Perrodon parecía inquieta.

—A propósito —dijo Mademoiselle, riéndose—, el largo paseo de los tilos, junto a la ventana de la habitación de Carmilla, está hechizado.


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