Carmilla
Carmilla Descenso
SerÃa inútil que tratara de contarte el horror con que, incluso ahora, recuerdo el episodio de aquella noche. No fue el terror transitorio que deja tras de sà un sueño. ParecÃa profundizarse con el tiempo, y comunicarse a la habitación y al mismo mobiliario que habÃan enmarcado la aparición.
El dÃa siguiente no pude soportar que me dejaran sola ni un momento. Se lo hubiera contado a papá, de no existir dos razones en contra. Pensé, por una parte, que se reirÃa de mi historia, y que yo no podrÃa soportar que aquello fuera tratado en broma, y, por otra parte, que podrÃa imaginar que habÃa sido atacada por el misterioso mal que habÃa invadido aquellos vecindarios. En cuanto a mÃ, no tenÃa temores en este sentido, y, como mi padre habÃa estado enfermo durante un tiempo, tenÃa miedo de alarmarle.
Me sentà bastante confortada teniendo cerca a mis bondadosas compañeras, Madame Perrodon y la vivaz Mademoiselle De Lafontaine. Ambas se dieron cuenta de que yo estaba agitada y nerviosa, y, finalmente, les conté lo que tanto pesaba en mi espÃritu.
Mademoiselle se rió, pero creà percibir que Madame Perrodon parecÃa inquieta.
—A propósito —dijo Mademoiselle, riéndose—, el largo paseo de los tilos, junto a la ventana de la habitación de Carmilla, está hechizado.