Carmilla

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—Qué miedo he pasado esta noche —dijo, en cuanto estuvimos juntas—. Estoy segura de que me hubiera ocurrido algo terrible de no ser por ese amuleto que le compré al pobre jorobadillo al que tanto insulté. Tuve un sueño de algo negro que le daba la vuelta a mi cama, y me desperté absolutamente horrorizada, y realmente pensé, durante unos segundos, que veía una figura oscura junto a la chimenea, pero busqué mi amuleto debajo de la almohada, y, en el momento en que mis dedos lo tocaron, la figura desapareció, y me sentí totalmente segura de que, de no haberlo tenido conmigo, algo horrendo hubiera aparecido, y quizá me hubiera estrangulado, como hizo con esa pobre gente de la que hemos oído.

—Bueno, escucha —empecé yo; y volví a contar mi aventura, relato ante el cual pareció horrorizarse.

—¿Y tenías el amuleto junto a ti? —preguntó, con inquietud.

—No, lo había metido en un jarrón de porcelana en el saloncito; pero, desde luego, esta noche lo tendré conmigo, puesto que tú tienes tanta fe en él.

A esta distancia en el tiempo no sabría decirte, ni siquiera comprender, cómo superé mi horror tan eficazmente como para acostarme sola aquella noche en mi habitación. Recuerdo distintamente que prendí el amuleto de mi almohada con un alfiler. Me quedé dormida casi inmediatamente, y dormí toda la noche incluso más profundamente de lo habitual.


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