Carmilla
Carmilla También pasé bien la noche siguiente. Mi dormir era deliciosamente profundo y sin sueños. Pero me desperté con una sensación de lasitud y melancolÃa que, sin embargo, no excedÃa un nivel en que resultaba casi voluptuosa.
—Bueno, te lo dije —dijo Carmilla, cuando le describà mi tranquilo sueño—. Yo misma he tenido esta noche un sueño delicioso; prendà el amuleto del pecho de mi camisón. La noche anterior estaba demasiado lejos. Estoy absolutamente segura de que todo era fantasÃa, excepto los sueños. Yo pensaba antes que los malos espÃritus hacen soñar, pero nuestro médico me dijo que no es cierto. Es tan sólo que pasa una fiebre, o cualquier otra enfermedad, cosa que sucede a menudo, según él dice, y llama a la puerta, y, al no poder entrar, sigue adelante, dejando detrás esa alarma.
—¿Y qué piensas que es ese amuleto? —pregunté.
—Ha sido ahumado o sumergido en cierta droga, y es un antÃdoto contra la malaria —respondió ella.
—Entonces, ¿actúa tan sólo sobre el cuerpo?