Carmilla
Carmilla —Nunca, desde que era muy pequeña.
—Pero ¿andabas dormida cuando eras pequeña?
—SÃ; sé que lo hacÃa. Mi vieja aya me lo ha contado a menudo.
Mi padre sonrió, asintiendo con la cabeza.
—Bueno, lo que ha ocurrido es esto. Te levantaste dormida, abriste la puerta sin dejar la llave, como de costumbre, en la cerradura, sino sacándola y cerrando la puerta por fuera. Luego volviste a sacar la llave, y te la llevaste contigo a cualquiera de las veinticinco habitaciones de este piso, o quizá escaleras arriba o escaleras abajo. Hay tantas habitaciones y cámaras, tantos muebles pesados, y tanta acumulación de armatostes, que se necesitarÃa una semana para buscar a fondo en toda la casa. ¿Ves ahora lo que quiero decir?
—SÃ, pero no del todo —respondió ella.
—¿Y de qué modo, papá, explicas el que se encontrara en el sofá de su recámara, que habÃa sido examinada tan cuidadosamente?