Carmilla

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—Esta carta se ha retrasado; es del general Spielsdorf. Hubiera podido llegar ayer, puede que no venga hasta mañana, y puede que llegue hoy.

Me puso en la mano la carta abierta; pero no parecía complacido, según solía cuando llegaba un huésped, especialmente uno tan apreciado como el general. Parecía, por el contrario, que su deseo fuera encontrarse en aquel momento en el fondo del Mar Rojo. Había evidentemente algo en su mente que no se proponía dar a conocer.

—Papá querido, ¿me lo contarás? —dije, poniéndole súbitamente la mano sobre el brazo, y mirándole, estoy segura, implorantemente al rostro.

—Quizá —respondió, tirándome el cabello acariciadoramente sobre los ojos.

—¿No me considerará el doctor muy enferma?

—No, querida; piensa que, si se hace lo que se debe, pronto te habrás recobrado por completo, o, al menos estarás en claro camino de una completa curación, dentro de uno o dos días —respondió, un poco secamente—. Quisiera que nuestro buen amigo el general hubiera elegido otro momento cualquiera; es decir, hubiera querido que estuvieras perfectamente buena para recibirle.

—Pero dime, papá —insistí—, ¿qué piensa el doctor que me ocurre?


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