Carmilla
Carmilla —Nada; no debes aturdirme a preguntas —respondió, más irritado de lo que yo recordaba haberle visto nunca; y, viendo que yo parecÃa dolida, supongo, me besó, y añadió—: Lo sabrás todo dentro de uno o dos dÃas; es decir, todo lo que yo sé. Entretanto, no le des más vueltas.
Dio media vuelta y dejó la habitación, pero volvió antes de que yo acabara de sentirme asombrada y desconcertada por lo curioso de todo aquello; fue tan sólo para decirme que se iba a Karnstein y que habÃa ordenado que dispusieran el carruaje para las doce, y que yo y Madame le acompañarÃamos; iba a ver al sacerdote que vivÃa cerca de aquellos entornos pintorescos por una cuestión de negocios, y, como Carmilla no habÃa estado nunca por allÃ, podÃa seguirnos con Mademoiselle, que traerÃa lo necesario para lo que se llama un pÃcnic, que podrÃamos organizar en el castillo en ruinas.
En consecuencia, a las doce estaba dispuesta, y, poco después, mi padre, Madame y yo nos pusimos en marcha para nuestro proyectado paseo. Después de cruzar el puente levadizo giramos hacia la derecha, y seguimos el camino pasando por encima del escarpado puente gótico al oeste, dirigiéndonos al pueblo desierto y al castillo en ruinas de los Karnstein.