Carmilla
Carmilla Y entonces nos repitió sus indicaciones a mí y a Madame, y, con esta última orden, mi padre nos dejó, y salió con el doctor; y yo les vi caminando juntos arriba y abajo entre el camino y el foso, por la explanada de hierbas frente al castillo, evidentemente absortos en ensimismada conversación.
El doctor no volvió. Le vi montar en su caballo, despedirse, y cabalgar hacia el este, bosque a través. Casi al mismo tiempo vi llegar al hombre de Dranfeld con las cartas, desmontar y tenderle el saco a mi padre.
Entretanto, Madame y yo estábamos ocupadas, perdiéndonos en conjeturas en cuanto a los motivos de la singular y severa orden que el médico y mi padre nos habían impuesto conjuntamente. Madame, según me contó tiempo después, temía que el doctor se precaviera contra un ataque súbito en el que, si yo no contara con pronta ayuda, pudiera perder la vida en un acceso o, al menos, quedar seriamente lastimada.
Esta interpretación no se me ocurrió; e imaginé, quizá por suerte para mis nervios, que aquella disposición me había sido impuesta tan sólo para garantizarme una compañera que evitara que yo hiciera demasiado ejercicio, o comiera fruta no madura, o hiciera cualquiera de las cincuenta locuras a las que se supone que la gente joven se siente inclinada.
Como media hora después, mi padre entró… Tenía una carta en la mano… Y dijo: