Los archivos del doctor Hesselius

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Con el pretexto de no retrasar ni hacer más larga de lo admisible la vista de la causa, nada más se le permitió argüir en su defensa. El magistrado que presidía la mesa parecía mostrarse seguro acerca de la obediencia ciega de los demás componentes del tribunal, incluso del jurado, cosa, por lo demás, de la que no hacía disimulo. A todos miraba con gesto de desprecio y a todos imponía. Era como si los poseyera mediante algún sortilegio. Justo en esa parte de la sala escaseaba la ya de por sí pobre luz. Así, quienes componían el jurado no eran más que sombras en fila; veía el acusado doce pares de ojos sin brillo, entre aquellas sombras, que apenas se destacaban en la penumbra. Cuando el doble del Juez Superior formulaba sus cargos con sarcasmo, con hiriente laconismo, y cuantas veces miraba al jurado según los decía, no veía el acusado más que aprobación en aquellas sombras con los ojos muertos.

Una vez formuladas las acusaciones, el gigantesco magistrado resopló brutalmente y se echó atrás en su sillón, sin dejar de mirar con sarcasmo al acusado. Todos los presentes en la sala hicieron lo mismo, mas añadiendo a la burla su cólera. En el ala del jurado, aquella hermandad compuesta por los doce pares de ojos hablaba en voz baja. No se oía otra cosa que un murmullo apagado en la sala.

Preguntó al fin un oficial cuál era el veredicto. Una voz muy queda se dejó sentir entonces:


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