Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Durante todo el dÃa siguiente no pude soportar que me dejaran sola ni por un momento. Se lo habrÃa contado a mi padre, a no ser por dos motivos opuestos. Pensé, por una parte, que se reirÃa de mi historia, y que yo no podrÃa soportar que aquello fuera tomado a broma. Y por otra parte, me pareció que tal vez creyese que me habÃa atacado la misteriosa enfermedad que asolaba nuestra vecindad. Yo no abrigaba recelo alguno en ese sentido. Mas mi padre estaba enfermo del corazón desde hacÃa tiempo, y tenÃa miedo de sobresaltarle.
Me tranquilizaba bastante la bondadosa compañÃa de Madame Perrodon y de la vivaracha Mademoiselle De Lafontaine. Ambas advirtieron que yo estaba desanimada y nerviosa, y finalmente les conté lo que tanto me pesaba en el corazón.
Mademoiselle se rió, mas tuve la impresión de que Madame Perrodon pareció inquietarse.
—A propósito —dijo Mademoiselle, riendo—, en el viejo paseo de los tilos ¡hay fantasmas!
—¡TonterÃas! —exclamó Madame, que probablemente consideró el asunto bastante inoportuno—. ¿Quién os ha contado esa historia, querida?
—Martin dice que fue allà un par de veces antes del alba, para reparar la vieja puerta del patio, y que en ambas ocasiones vio a la misma figura femenina paseándose por la avenida de los tilos.