Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Y a continuación nos repitieron sus instrucciones a Madame Perrodon y a mí. Y con este último encargo mi padre nos dejó, y salió con el doctor. Les vi ir y venir del camino al foso y viceversa, por el prado que está enfrente del castillo, manifiestamente ensimismados en una animada conversación.
El doctor no regresó. Le vi montar a caballo, despedirse, y cabalgar hacia el este atravesando el bosque. Casi al mismo tiempo vi llegar de Dranfeld al correo, el cual, tras desmontar, le entregó a mi padre la saca de la correspondencia.
Mientras tanto, Madame Perrodon y yo estuvimos muy ocupadas, perdiéndonos en conjeturas acerca de los motivos de la singular y severa orden que el doctor y mi padre habían convenido en imponernos. Madame Perrodon, según me contó más tarde, tenía miedo de que el doctor se recelara un ataque repentino, y que como consecuencia de no contar con ayuda inmediata, pudiera yo perder la vida en un acceso, o al menos quedar seriamente dañada.
Esta interpretación no me sorprendió. Me imaginé, quizá por suerte para mis nervios, que aquella orden me había sido impuesta solamente para garantizarme una compañera, la cual me impidiera hacer demasiado ejercicio, o comer fruta sin madurar, o cometer cualquiera de las mil insensateces a las que los jóvenes supuestamente son tan propensos.