De sobremesa
De sobremesa —Para cualquiera otro me parecerÃa mucho, para Fernández nada… Recuerde usted cuánto hace que los escribió… Todo lo que has hecho, continuó volviéndose al poeta, todo lo más perfecto de tus poemas es nada, es inferior a lo que tenemos derecho a esperar de ti, los que te conocemos Ãntimamente, a lo que tú sabes muy bien que puedes hacer. Y sin embargo, hace dos años que no produces una lÃnea… Dime, ¿piensas pasar tu vida entera como has pasado los últimos meses, disipando tus fuerzas en diez direcciones opuestas; exponiéndote a los azares de la guerra por defender una causa en que no crees, como lo hiciste en julio al combatir a las órdenes de Monteverde; promoviendo reuniones polÃticas para excitar al pueblo de que te rÃes; cultivando flores raras en el invernáculo; seduciendo histéricas vestidas por Worth; estudiando árabe y emprendiendo excursiones peligrosas a las regiones más desconocidas y malsanas de nuestro territorio para continuar tus estudios de prehistoria y de antropologÃa? Déjame echarte un sermón ya que me he callado tanto tiempo. En tu frenesà por ampliar el campo de las experiencias de la vida, en tu afán por desarrollar simultáneamente las facultades múltiples con que te ha dotado la naturaleza, vas perdiendo de vista el lugar a donde te diriges. El aspecto de tu escritorio ayer por la mañana darÃa a pensar en un principio de incoherencia, a cualquiera que te conociera menos de lo que te conozco. HabÃa sobre tu mesa de trabajo un vaso de antigua mayólica lleno de orquÃdeas monstruosas; un ejemplar de TÃbulo manoseado por seis generaciones, y que guardaba entre sus páginas amarillentas la traducción que has estado haciendo; el último libro de no sé qué poeta inglés; tu despacho de General, enviado por el Ministerio de Guerra; unas muestras de mineral de las minas de RÃo Moro, cuyo análisis te preocupaba; un pañuelo de batista perfumado que sin duda le habÃas arrebatado la noche anterior en el baile de SantamarÃa al más aristocrático de tus flirts; tu libro de cheques contra el Banco Anglo Americano, y presidÃa esa junta heteróclita el Ãdolo quichua que sacaste del fondo de un adoratorio, en tu última excursión, y una estatueta griega de mármol blanco.