De sobremesa
De sobremesa —¿Cuáles son esas cosas? —inquirió Fernández.
—Son tus aventuras amorosas, que todos te envidiamos en secreto —insinuó Rovira con aire paternal—, y que por el lado antihigiénico preocupan a este don Pedro Recio Tirteafuera.
—No, lo demás es que he comprendido la inutilidad de suplicarte para que vuelvas al trabajo literario y te consagres a una obra digna de tus fuerzas y que cada vez que estoy aquÃ, prefiero no hablar para no repetirte que es un crimen disponer de los elementos de que dispones, y dejar que pasen los dÃas, las semanas, los años enteros sin escribir una lÃnea.
—¿Dormiste sobre tus laureles, satisfecho con haber publicado dos tomos de poesÃas, uno cuando niño y otro hace ya siete años?
—¿Te parece poco haber escrito un tomo de poesÃas como los «Primeros Versos» y como los «Poemas del más allá»?
—Yo no sé de esas cosas, pero me parece que valen la pena los versos de Fernández —agregó Rovira con aire de fastidio.