De sobremesa
De sobremesa »Tú, sentado enfrente del escritorio, azotado ya por la ducha fría y excitado por tres tazas de té, comenzabas el día. Ya habías escrito una estrofa musical y perversa destinada probablemente a una de tus víctimas; según me dijiste ya habías girado tres cheques para atender los pagos de la semana; llamado al teléfono para darle órdenes al arquitecto de Villa Helena; comenzado en el laboratorio un ensayo del mineral de Río Moro; ya habías leído diez páginas de una monografía sobre la raza azteca, y mientras ensillaban el más fogoso de los caballos, te entretenías en estudiar el plano de una batalla. ¡Dios mío!, si hay un hombre capaz de coordinar todo eso, ese hombre, aplicado a una sola cosa, será una enormidad. Pero no, eso está fuera de lo humano… Te dispersarás inútilmente. No sólo te dispersarás, sino que esos diez caminos que quieres seguir al tiempo, se te juntarán, si los sigues, en uno solo.
—¿Qué lleva al Asilo de Locos? ——preguntó Fernández, sonriéndose con una sonrisa de desdén—. No lo creas… Yo creí eso en un tiempo. Hoy no lo creo.