De sobremesa
De sobremesa Tal vez mi misantropía me lleva a juzgar a esos infelices engañados peor de lo que merecen. Habrán creído que lo que vieron la noche del baile fue un flirt sin consecuencia y explotable para ellos gracias a mi juventud y a mi dinero; pero lo cierto es que las circunstancias se han enlazado de tan extraño modo, que se necesitaría benevolencia de santo para no juzgarlos como los juzgo, por lo menos como unos imbéciles. Oye, Pepillo, me dijo el amigo Rivas, usando el antipático nombre con que me llama; vengo a pedirte un favor que sólo tú puedes hacerme.
—Estoy a tus órdenes —le respondí, creyendo que se trataba de un duelo en que debía acompañarlo como testigo, y sorprendido de oírlo hablar así—. ¿Tomas café? —añadí, ofreciéndole, porque tomaba el mío, acabando de comer en el cuarto de fumar, cuando entró como un huracán, y con aire agitado y la respiración anhelante.
—No, no tomo; me pone nervioso. Oyes, Pepe: vas a hacerme un serviciazo, de ésos que sólo a un amigo íntimo se le pueden pedir. No me lo niegas, ¿eh? —añadió, entrecortado—; júrame que no me lo niegas.
—Si te digo que estoy a tus órdenes.