De sobremesa
De sobremesa ¡Me rÃo del cofre cincelado por Pollaiuolo! Recibiré algún chirimbolo recién salido del molde. ¡Lo que va a reÃrse de mà el afortunado marido de la admiradora de Petronio!
El de Olga, el barón alemán delgaducho y triste, que tiene la manÃa de las estampillas de correo y las colecciona con entusiasmo de colegial, acaba de salir de aquà para pedirme un favor especial. Quiere el Busto del Libertador, una condecoración que da el Gobierno de Venezuela; y al efecto, desea que hable con el simpático mozo autor de Espirales de humo, que representa a aquella nación en ParÃs y con quien sabe que me ligan relaciones de amistad. Dentro de unas semanas tendrá su medalla y se la colgará al uniforme para que luzca al lado de las siete con que lo engalana al llevarlo, y recibirá una estampilla de mi colección.
—¿Siempre ha sido asÃ, no es cierto? —preguntó, volviendo a mirarla, como fastidiado por mi solicitud.
—Siempre —le contestó, tendida en la otomana y envuelta en los pliegues de la rosada bata de seda floja que huele a heliotropo blanco—. Siempre —le contestó, sonriendo, con su dulzura de moribunda.