De sobremesa
De sobremesa —También es que no quiere salir; mira, Pepillo: tú que estás desocupado, paséala; a mà los negocios no me dejan un minuto libre; si lo tuviera, lo harÃa. Tú que sabes tanto de cuadros y de estatuas, llévamela a los museos; yo no tengo tiempo. ¿Por qué no vas al Louvre mañana con Fernández? —le preguntó—. ¿No decÃas que tenÃas ganas de ir?
—¿Iremos, no, José? Es que cuando uno no está acostumbrada a la vida de Europa, no se le ocurre salir con un amigo, ¿cierto?… Y los ojos árabes me miraban con delicia, y la cabeza, recostada sobre los cojines blandos de la otomana, me ofrecÃa millones de besos para el dÃa siguiente.
—Es que las mujeres no malician lo que lo absorben a uno los negocios —continuó el otro—. Tú que sabes la complicación de los mÃos, suponte si tendré tiempo para pasearla y distraerla como querrÃa…
¿Y si lo tienes para jugar billar y bacarat en el club y para pasarte las semanas enteras con tus famosas horizontales e ir a cenar con ellas, grandÃsimo tarambana?, pensaba yo entre mà al oÃrlo.
—¿De modo, Paco, que me autorizas formalmente para pasearla y distraerla? —le pregunté con una frialdad de viejo de setenta años.
—Le vengo suplicando desde que llegó, que salga a conocer a ParÃs, ¡y maldito el caso que me hace!