De sobremesa

De sobremesa

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—Oiga usted, Consuelo: su marido me la entrega para que la haga pasear y la distraiga; después usted no alegue que no le ha dado permiso para ir a tal o cual parte.

—No, llévala a donde quieras; ve con Fernández a donde te lleve, ¿oyes?… ¡Ah!, las diez —dijo, sacando el reloj—; tengo que salir; tú me excusas, ¿cierto? Tengo una cita con Amorteguí para un negocio importante.

Dizque al día siguiente le preguntó ella que si no hablarían los que nos conocen al vernos juntos en mi coche, y le dijo él soltando la carcajada:

—No: si a Fernández lo conocen todos… ¿Tú sabes cómo lo llaman? El Casto José. No te afanes por lo que digan, que no dirán nada…

¡Y me lo contaba ella, riéndose con la boca carnuda y deliciosa, recostada en uno de los divanes de mi biblioteca! Me voy a pasar contigo los días enteros, si quieres, me decía; para que me consientas y me quieras; si no, me muero… Estoy muy enferma, ¿sabes? Tengo fiebrecita todas las noches, desde hace un año, desde que vine. No estudies tanto, agregaba, viendo los atlas, las cartas geográficas, los gruesos volúmenes abiertos sobre las mesas y los estantes enormes de la biblioteca; te matas si sigues estudiando así. Mira: vas a descansar paseándome; desde mañana le echo la llave a este cuarto de viejo y comenzamos nuestras excursiones…


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