De sobremesa

De sobremesa

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Y parece que yo hubiera aceptado su filosofía, a juzgar por mis últimos meses, en que no he abierto un libro y he abandonado el griego y el ruso y los estudios de gramática comparada y los planes de mis poemas, y los negocios, para vivir preocupado sólo de placeres, de sport, de fiestas, de esgrima, en una incesante cacería de sensaciones… Me estaba ahogando por falta de aire intelectual, acostumbrado al silencio que forma también parte de la naturaleza de Lelia, porque en días enteros de estar juntos no atravesaba una palabra, hundiéndome lentamente en una atonía intelectual increíble… ¡Oh, la Circe que cambia los hombres en cerdos!… En los minutos de lucidez me sentía agonizar entre la materia como el Emperador arrojado a las letrinas por el pueblo romano.

La primera vez que encontré a la de Roberto en casa de Lelia, la monstruosa sospecha se me clavó en la imaginación. Alta, huesosa, delgada, los ojos ardientes, el seno sin relieve, calzada y vestida con estilo masculino y con algo hombruno en toda ella, en el bozo que le sombrea el labio delgado, en los ademanes bruscos, en la voz de modulaciones graves, la italiana me fue odiosa sólo al verla…

—¿Quién es? ¿Por qué la tratas? —le pregunté a la Orloff.

—Porque me gusta —contestó y se encerró en el silencio de siempre.


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