La riqueza de las naciones

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El negocio de la leche y sus derivados es originalmente, igual que la cría de cerdos y aves, un puro beneficio. El ganado que era necesario mantener en la granja producía más leche que la demandada por sus crías o por la familia del granjero, y todavía más si la estación era propicia. Pero de todos los productos de la tierra, probablemente el más perecedero es la leche. En las estaciones cálidas, cuando abunda más, apenas puede mantenerse veinticuatro horas. Al convertirla en mantequilla, el granjero conserva una pequeña parte durante una semana; al convertirla en mantequilla salada la puede conservar durante un año; al convertirla en queso, almacena una parte mucho mayor durante varios años. Una parte de todo esto se destina al uso de su propia familia; el resto va al mercado y procura obtener allí el mejor precio posible, que no puede ser tan bajo como para desanimado a enviar allí el sobrante del consumo de su casa. Si resulta muy bajo, es probable que administre su vaquería de forma negligente y desaseada, no considerará conveniente reservar un sitio o edificio concreto para la misma y la expondrá a ser realizada en medio del humo, la suciedad y los desperdicios de su cocina; así ocurría con casi todas las granjas lecheras en Escocia hace treinta o cuarenta años, y ocurre en muchas de ellas todavía hoy. Las mismas causas que incrementan paulatinamente el precio de la carne, el aumento de la demanda y, como efecto del progreso del país, la disminución de la cantidad de ganado que puede ser alimentada a coste bajo o nulo, aumentan de la misma forma el precio de los productos lácteos, que se conecta naturalmente con el de la carne, o con el coste de alimentar al ganado. El precio incrementado permite pagar más trabajo, atención y limpieza. La vaquería se hace más merecedora de los cuidados del granjero, y la calidad de la producción mejora paulatinamente. El precio finalmente llega a ser tan alto que resulta rentable destinar parte de las tierras más fértiles y mejor cultivadas a la alimentación del ganado exclusivamente para la vaquería; y cuando llega a esa altura ya no puede subir más, porque si lo hiciera pronto se asignaría más tierra a este propósito. Parece haber arribado a ese nivel en la mayor parte de Inglaterra, donde mucha tierra buena es empleada de esa manera. Salvo las proximidades de unas pocas grandes ciudades, no parece haber llegado todavía a esa altura en ninguna parte de Escocia, donde los granjeros no suelen emplear tierras buenas para el alimento del ganado destinado a la vaquería. El precio de la producción, aunque ha subido muy considerablemente en estos últimos años, es probablemente todavía demasiado bajo para permitir tal cosa. La inferioridad de su calidad en comparación con las vaquerías de Inglaterra se corresponde cabalmente con la inferioridad del precio. Pero esta menor calidad es más bien el efecto del menor precio que su causa. Aunque la calidad fuese mucho mejor, en las actuales circunstancias no creo que la mayor parte de los productos lácteos que se traen al mercado se pudiese vender a un precio mucho más alto; y probablemente el precio actual no compense el coste de tierra y trabajo necesario para producir una calidad mucho mejor. A pesar de la superioridad en el precio, en la mayor parte de Inglaterra no se considera al negocio de la leche como un empleo más rentable de la tierra que el cultivo de los cereales o el engorde del ganado, los dos grandes renglones de la agricultura. Y en la mayor parte de Escocia, por lo tanto, ni siquiera ha llegado todavía a esa rentabilidad.


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