La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Cuando dos personas que continuamente se giran y sobregiran recíprocamente descuentan sus letras en el mismo banco, el banquero descubrirá su estratagema de inmediato y verá claramente que no están negociando con su propio capital sino con el que él les está adelantando. Pero este descubrimiento no es tan sencillo cuando ellos descuentan sus letras a veces con un banquero y a veces con otro, y cuando las mismas dos personas no están de forma incesante peloteándose mutuamente sino que recorren un amplio círculo de empresarios, conscientes de su interés en asistirse recíprocamente en este método de obtener financiación, con lo que vuelven prácticamente imposible distinguir entre una letra de cambio real y una ficticia, entre una letra librada por un acreedor real sobre un deudor real y una letra en la que no hay propiamente un acreedor real sino un banco que la descuenta, y en la que no hay un deudor real sino el empresario que hace uso del dinero. Cuando un banquero llega a este descubrimiento, puede que lo haga demasiado tarde y compruebe que ya ha descontado las letras de esos empresarios en una suma tal que si interrumpe sus descuentos los arrastrará irremisiblemente a la quiebra y que, al arruinarlos, quizás se arruine él también. Por eso, y en aras de su propio interés y seguridad, puede concluir que en una situación tan peligrosa es necesario seguir adelante durante algún tiempo aunque procurando retirarse gradualmente e interponiendo por eso cada día dificultades mayores a los descuentos, con objeto de forzar paulatinamente a esos empresarios a recurrir a otros banqueros o a otros métodos para conseguir financiación, de forma de escapar él mismo del círculo lo más pronto que pueda. Las dificultades que por esa razón el Banco de Inglaterra, los principales banqueros de Londres y hasta los más prudentes bancos escoceses empezaron a poner a los descuentos después de un tiempo, y cuando todos ellos habían ido ya demasiado lejos, no sólo alarmaron a esos empresarios sino que los enfurecieron en grado sumo. Llamaron a sus problemas, cuya causa inmediata indudablemente fue esa prudente y necesaria cautela de los bancos, los problemas del país, y dijeron que esos problemas del país se debían exclusivamente a la ignorancia, pusilanimidad y mala gestión de los bancos, que se resistían a ayudar con la suficiente generosidad a los inspirados proyectos de quienes se afanaban para embellecer, mejorar y enriquecer al país. Parecían pensar que el deber de esos bancos era prestarles todo lo que pedían y por el tiempo en que lo pedían. Pero los bancos, al rehusar así seguir prestando a quienes en realidad ya habían prestado demasiado, escogieron el único método que tenían a mano para salvar su propio crédito o el crédito público del país.