La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones En el medio del clamor y la angustia fue establecido un nuevo banco en Escocia, con el objetivo expreso de aliviar la penuria del país. El propósito era noble pero la ejecución fue imprudente, y la naturaleza y causas de los problemas que pretendía resolver no fueron quizás bien comprendidas. Este banco fue más abierto que ningún otro, tanto en la concesión de cuentas de caja como en el descuento de letras de cambio. Con respecto a estas últimas, casi parece no haber hecho distinción alguna entre letras reales y de peloteo, y las descontó a todas por igual. Era principio declarado de este banco el adelantar, si había una seguridad razonable, todo el capital a ser invertido en empresas cuyos rendimientos son los más lentos y lejanos, como ocurre con los de la tierra. Llegó a afirmarse incluso que la promoción de tales empresas era el primordial de entre los animosos objetivos por los que había sido constituido. Merced sin duda a su generosidad en la concesión de cuentas de caja y en el descuento de letras de cambio, emitió una caudalosa cantidad de sus billetes. Pero como el grueso de esos billetes estaba por encima de lo que la circulación del país podía absorber y emplear sin dificultades, hubo un reflujo de los mismos hacia el banco para ser cambiados por oro y plata tan rápido como eran emitidos. Sus cajas fuertes nunca estuvieron adecuadamente llenas. El capital del banco, suscrito en dos ocasiones distintas, llegó a ciento sesenta mil libras, de las que se exigió el desembolso del ochenta por ciento. Esta suma debía pagarse en una serie de plazos. Una gran parte de sus propietarios, cuando pagaron el primer plazo, abrieron una cuenta de caja en el banco; y los directivos, al creerse en la obligación de tratar a los propietarios con la misma generosidad con que trataban a todas las demás personas, autorizaron a muchos de ellos a pedir prestado de sus cuentas de caja lo que pagaron en los plazos siguientes. Por lo tanto, tales pagos sólo ponían en una caja lo que un momento antes había sido sacado de otra. Aunque las cajas de este banco hubiesen estado repletas, su emisión excesiva las habría vaciado más rápido de lo que habrían podido rellenarlas recurriendo a expedientes no tan ruinosos como el de girar sobre Londres y cuando la letra vencía la pagaban, con interés y comisiones, librando otra letra sobre la misma plaza. Al estar sus cajas tan poco llenas, se dice que fueron arrastrados hacia esa estrategia muy pocos meses después de empezar sus operaciones. Los patrimonios de los propietarios de este banco ascendían a varios millones, y al suscribir el contrato fundacional del banco se comprometían realmente a responder a todas sus obligaciones. Debido al enorme crédito que tan cuantioso respaldo le confería pudo, a pesar de su exageradamente generosa administración, proseguir con el negocio durante más de dos años. Cuando se vio obligado a interrumpir sus operaciones, tenía en circulación billetes por unas doscientas mil libras. Para sostener la circulación de estos billetes, que refluían sin cesar tan pronto eran emitidos, recurrió continuamente al giro de letras de cambio sobre Londres, en número y valor siempre crecientes, y que cuando dejó de funcionar ascendían a más de seiscientas mil libras. Así, en poco más de dos años, el banco adelantó a diferentes personas más de ochocientas mil libras al cinco por ciento. Sobre las doscientas mil libras emitidas en billetes, este cinco por ciento quizás podría ser considerado como ganancia neta, sin deducción alguna salvo los gastos de administración. Pero por las más de seiscientas mil libras por las que libraba permanentemente letras de cambio sobre Londres debía pagar en interés y comisiones más del ocho por ciento; y consecuentemente perdía más del tres por ciento en más de las tres cuartas partes de su negocio.