La riqueza de las naciones

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Si eran pocas las mejoras que podían esperarse de dichos grandes propietarios, menos se podía esperar de aquellos que las ocupaban. En la antigua Europa los ocupantes de la tierra eran todos arrendatarios a voluntad del señor. Todos o casi todos eran esclavos, pero su esclavitud era más suave que la vigente entre los antiguos griegos o romanos, o incluso que la actual en nuestras colonias de las Indias Occidentales. Se suponía que pertenecían más directamente a la tierra que al señor; de ahí que pudiesen ser vendidos con ella, pero no separadamente. Podían casarse sólo con el consentimiento de su señor, quien no podía después disolver el matrimonio vendiendo al marido y la mujer a personas diferentes. Si mutilaba o asesinaba a alguno se exponía a una cierta pena, pero generalmente era pequeña. Los colonos por su parte no podían comprar propiedades: lo que adquirían lo compraban a su señor y él podía arrebatárselo a placer. Toda roturación y cultivo desarrollados a través de estos esclavos eran considerados como efectuados por el amo. Todo era a su costa. La semilla, el ganado y los aperos de labranza eran suyos. Todo redundaba en su beneficio y los esclavos no podían conseguir más que su subsistencia cotidiana. En este caso, por lo tanto, era el propietario el que realmente ocupaba su tierra y la cultivaba a través de sus siervos. Esta suerte de esclavitud perdura todavía en Rusia, Polonia, Hungría, Bohemia, Moravia y otras partes de Alemania. Sólo ha sido completamente abolida en las regiones del oeste y del sur de Europa.


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