La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Es verdad que los habitantes de una ciudad siempre deben en última instancia obtener del campo su subsistencia y todos los materiales y medios para su trabajo. Pero los habitantes de una ciudad situada cerca del mar o de un río navegable no se ven necesariamente obligados a obtenerla en los campos vecinos. Sus posibilidades son mucho más amplias y pueden recurrir a los rincones más remotos del mundo, sea para conseguirla a cambio de sus productos manufacturados, sea actuando como transportistas entre países lejanos, e intercambiando sus productos. Una ciudad podía así alcanzar una gran riqueza y esplendor mientras que la pobreza y la miseria reinaban no sólo en sus campos vecinos sino en todos aquellos países con los que comerciaba. Cada uno de esos países, considerado individualmente, quizás podía suministrar sólo una pequeña parte de su subsistencia o su actividad, pero todos ellos en conjunto le aportaban una copiosa subsistencia y una gran actividad. Dentro del estrecho círculo del comercio de entonces, hubo algunos países ricos e industriosos. Tal fue el caso del imperio Griego a lo largo de toda su existencia, y el de los sarracenos durante los reinados de los Abasidas. También ocurrió lo mismo en Egipto hasta que fue conquistado por los turcos, en una parte de la costa de Berbería y en todas las provincias de España que estuvieron bajo el dominio de los moros.