La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Después de todos los injustos intentos de todos los países de Europa para encerrar en sí mismos todo el beneficio del comercio con sus colonias ningún país ha sido hasta ahora capaz de reservar para sí más que el gasto de mantener en la paz y defender en la guerra la tiránica autoridad que ejercen sobre ellas. Cada país ha acaparado en exclusiva los inconvenientes derivados de la posesión de sus colonias, pero ha sido forzado a compartir con muchos otros países las ventajas derivadas del comercio colonial.
Es evidente que a primera vista el monopolio del enorme comercio de América parece naturalmente una conquista del máximo valor. Ante los ojos miopes de la necia ambición parece un objetivo deslumbrante por el cual luchar entre la confusa arrebatiña de la política y la guerra. Pero precisamente el rutilante esplendor del objetivo, la inmensa grandeza del comercio, es lo que hace que su monopolio resulte perjudicial, lo que hace que una inversión, por naturaleza necesariamente menos ventajosa para el país que el grueso de las demás, absorba una proporción del capital del país mucho mayor de lo que sucedería en otra circunstancia.