La riqueza de las naciones

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La encomiable razón de todas estas regulaciones es extender nuestras propias manufacturas, pero no por su prosperidad sino por la depresión de las de todos nuestros vecinos, y mediante la liquidación, en todo lo que sea posible, de la incómoda competencia de esos rivales tan odiosos y desagradables. Nuestros patronos industriales piensan que es razonable que ellos mismos tengan el monopolio del ingenio de todos sus compatriotas, aunque al restringir en algunos oficios el número de aprendices que pueden ser empleados en cualquier momento dado, y al imponer el requisito de un extenso aprendizaje en todos los oficios, intentan limitar el conocimiento de los diversos oficios al mínimo número posible de personas, y se oponen a que ninguna de ellas se marche a instruir a extranjeros.

El consumo es el único fin y objetivo de toda producción, y el interés del productor merece ser atendido sólo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor. Este aforismo es tan evidente que sería absurdo molestarse en demostrarlo. Sin embargo, en el sistema mercantil el interés del consumidor es casi constantemente sacrificado frente al del productor, porque parece considerarse que la finalidad y propósito últimos de cualquier actividad y comercio es la producción y no el consumo.


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