La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Cuando los vehículos que pasan por una carretera o un puente y las embarcaciones que navegan por un canal pagan un peaje en proporción a su peso o su tonelaje, pagan la conservación de esas obras públicas exactamente en proporción al desgaste que les ocasionan. Casi parece imposible concebir una forma más equitativa para mantener esas obras públicas. Este impuesto o peaje, aunque es adelantado por el transportista, es finalmente pagado por el consumidor, al que siempre le es cargado en el precio de los bienes. Pero como el gasto del transporte es notablemente disminuido gracias a esas obras públicas, los bienes llegan al consumidor a pesar del peaje más baratos que en otras circunstancias, puesto que su precio no es tan incrementado por el peaje como reducido por la baratura del transporte. La persona que finalmente paga este impuesto, por consiguiente, gana gracias a él más de lo que pierde al pagarlo. … Parece imposible imaginar un método más equitativo de cobrar un impuesto.
Cuando el peaje sobre vehículos de lujo, carruajes, sillas de posta, etc., es algo más elevado en proporción a su peso que el aplicado a los vehículos necesarios como carros, carretas, etc., la indolencia y vanidad de los ricos contribuye por una vía muy sencilla a ayudar a los pobres, al volver más barato el transporte de mercancías pesadas a todos los rincones del país.