La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones La autoridad de la iglesia de Roma se hallaba en esa situación de decadencia cuando las disputas de las que surgió la Reforma comenzaron en Alemania y se extendieron muy pronto a toda Europa. Las nuevas doctrinas fueron acogidas por doquier con un intenso fervor popular. Fueron propagadas con el celo entusiasta que habitualmente anima al espíritu partidista cuando ataca a la autoridad establecida. Los maestros en esas doctrinas, aunque en otros aspectos no eran más ilustrados que muchos de los teólogos que defendían a la iglesia oficial, parecían en general más versados en historia eclesiástica y en el origen y evolución del sistema de opiniones sobre el que se basaba la autoridad de la iglesia, con lo que gozaban de alguna ventaja en casi todos los debates. La austeridad de sus costumbres les confirió autoridad sobre el pueblo llano, que contrastó la estricta regularidad de su conducta con la existencia desordenada de la mayor parte de su propio clero. Aventajaban además en un grado todavía mayor a sus adversarios en todas las artes de la popularidad y el reclutamiento de prosélitos, artes que los altaneros y pomposos hijos de la iglesia habían descuidado desde hacía mucho, porque para ellos eran en buena medida inútiles. Las razones de las nuevas doctrinas eran algo atractivo para algunos, su novedad lo era para muchos, y el odio y desprecio hacia el clero oficial las volvían atractivas para un número todavía mayor; pero con diferencia el máximo número se vio atraído por la elocuencia fervorosa, apasionada y fanática, aunque con frecuencia basta y rústica, con que fueron predicadas en casi todas partes.