La riqueza de las naciones

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Acaso valga la pena destacar que con la excepción de los poetas, unos pocos oradores y un puñado de historiadores, la inmensa mayoría de los otros hombres de letras importantes tanto de Grecia como de Roma fueron profesores, públicos o particulares; y en general de filosofía o retórica. Esto fue así desde los tiempos de Lisias e Isócrates, de Platón y Aristóteles, hasta los de Plutarco y Epicteto, de Suetonio y Quintiliano. El imponer sobre cualquier hombre la necesidad de enseñar, año tras año, una rama concreta de la ciencia parece ser realmente el método más eficaz para convertirlo en un maestro de la misma. Al verse obligado a recorrer cada año el mismo camino, si no es un incapaz, es inevitable que en unos pocos años acabe profundamente familiarizado con todos sus aspectos, y si sobre un punto en particular se forma un juicio precipitado es muy probable que lo corrija cuando el año próximo vuelva en sus lecciones a reconsiderar la misma cuestión. Así como el ser profesor de ciencia es claramente el empleo natural de un hombre de letras, también es quizás la educación más adecuada para transformarlo en un hombre de sabiduría y conocimientos sólidos. La mediocridad de los beneficios eclesiásticos tiende naturalmente a orientar al grueso de los hombres de letras del país hacia la ocupación donde al mismo tiempo pueden ser más útiles al público y pueden recibir la mejor educación posible. Tiende a hacer que sus conocimientos sean tan sólidos y tan útiles como sea posible.


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