La riqueza de las naciones

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Además del gasto necesario para que el soberano pueda cumplir sus deberes, se requiere un cierto desembolso para el sostén de su dignidad. Este gasto varía tanto con las diferentes etapas del desarrollo como con las diversas formas de gobierno.

En una sociedad desarrollada y rica, donde todas las clases del pueblo gastan cada día más en sus casas, sus muebles, sus mesas, sus vestidos y sus equipos, no puede esperarse que el soberano sea la única persona que vaya contra la corriente. En consecuencia, de forma natural o más bien necesaria, él procede también a gastar más en todas esas cosas. Parece como si su propia dignidad así lo exigiese.

En lo relativo a la dignidad, un rey está más por encima de sus súbditos que lo que puede suponerse que está el primer magistrado de una república sobre sus conciudadanos, con lo que se necesitará un gasto mayor para sostener esa dignidad mayor. Es natural que esperemos más esplendor en la corte de un rey que en la residencia de un dux o burgomaestre.

Los gastos de defensa de la sociedad y de mantenimiento de la dignidad del magistrado supremo se realizan en beneficio de toda la sociedad. Es por ello razonable que sean sufragados por la contribución general de toda la sociedad, y que todos sus miembros contribuyan de la forma más aproximada posible en proporción a sus capacidades respectivas.


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