Antígona
Antígona CORIFEO. Tú mismo puedes verla: ya no es ningún secreto.
CREONTE. Ay de mi, infortunado, que veo cómo un nuevo mal viene a sumarse a este: ¿qué, pues?¿Qué destino me aguarda? Tengo en mis brazos a mi hijo que acaba de morir, mísero de mi, y ante mi veo a otro muerto. ¡Ay, ay, lamentable suerte, ay, del hijo y de la madre!
MENSAJERO Ella, de afilado filo herida, sentada al pie del altar doméstico, ha dejado que se desate la oscuridad en sus ojos tras llorar la suerte ilustre del que antes murió, Meneceo, y la de Hemón, y tras implorar toda suerte de infortunios para el asesino de sus hijos.
CREONTE. ¡Ay, ay! ¡Ay, ay, que me siento transportado por el pavor! ¿No viene nadie a herirme con una espada de doble filo, de frente? ¡Mísero de mi, ay ay, a que mi será desventura estoy unido!
MENSAJERO Según esta muerta que aquí está, el culpable de una y otra muerte eras tú.
CREONTE Y, ella ¿de qué modo se abandonó a la muerte?
MENSAJERO Ella misma, con su propia mano, se golpeó en el pecho así que se enteró del tan lamentable infortunio de su hijo.