Electra
Electra ELECTRA. —Es terrible que, siendo hija de un padre como el tuyo, le hayas olvidado y te preocupes de la que te engendró. Todas las advertencias que me has hecho las has aprendido de aquélla y nada dices por ti misma. Según esto, escoge una de las dos cosas: o razonar imprudentemente o, haciéndolo con prudencia, olvidar a los tuyos. Porque acabas de decir que, si tuvieras fuerza, mostrarÃas el odio que les tienes, pero, cuando yo me dispongo a vengar a nuestro padre, hasta las últimas consecuencias, no colaboras, y obstaculizas a quien intenta hacerlo. ¿No es esto cobardÃa unida a las desgracias? Porque, enséñame —o aprende de m× qué ventaja obtendrÃa si cesara de lamentarme. ¿Acaso no vivo? De mala manera, lo sé, pero me es suficiente. Inquieto a éstos, con lo que procuro satisfacciones al muerto, si es que hay algún tipo de gratificación allá abajo. Mientras que tú, que los «odias», lo haces sólo de palabra, pero de hecho convives con los asesinos de tu padre. Yo, por mi parte, nunca condescenderÃa con ellos, ni aunque alguien me fuera a traer los privilegios por los que ahora te envaneces. Que ante ti haya una mesa colmada y te sea la vida fácil. ¡Que tenga yo por único alimento el no contradecirme a mà misma! No deseo alcanzar tus privilegios, ni tú los desearÃas si fueras juiciosa.