Las traquinias

Las traquinias

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Pues ni dura la estrellada noche para los mortales, ni la desgracia, ni la riqueza, sino que aprisa se va y, para otro, viene la alegría y su privación. Por tanto, te aconsejo, señora, que retengas esto siempre en medio de la esperanza, ya que, ¿quién ha visto que Zeus no se preocupe de sus hijos?

DEYANIRA. —Estás aquí porque te has enterado de mi sufrimiento, según yo me figuro. Ahora no sabes cómo se consume mi corazón y ¡ojalá no lo aprendas nunca por experiencia! Pues la juventud pace en sus propios campos y, a ella, ni el ardor de la divinidad ni la lluvia ni ningún viento la turban, sino que entre placeres lleva una vida sin fatigas, hasta que una es llamada mujer en lugar de doncella y toma parte en las preocupaciones nocturnas, sintiendo temor, bien por el marido, bien por los hijos.

En este momento, alguien podría considerar, observando su propia situación, las desgracias bajo las que yo estoy agobiada. Muchas penas, ciertamente, he llorado yo, pero una, cual nunca hasta ahora, os expondré a continuación. Cuando el rey Heracles partió de palacio en el último viaje, dejó en él una antigua tablilla escrita con unas notas, las cuales a mí nunca antes, a pesar de que partía para numerosas expediciones, se atrevió a nombrarme, pues salía como para llevar a cabo una hazaña y no para morir.


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