Las traquinias
Las traquinias MENSAJERO. —Que muy pronto a tu casa llegará el esposo muy amado y se mostrará con victorioso poder.
DEYANIRA. —¿A quién, ciudadano o extranjero, has oÃdo esto que dices?
MENSAJERO. —En la pradera donde pacen los bueyes, Licas, el heraldo, está contándolo ante una gran multitud. Yo, al oÃrlo, me eché a correr para obtener de ti algún provecho y ganar tu favor por anunciártelo el primero.
DEYANIRA. —¿Cómo no está presente él mismo, si es que es para bien?
MENSAJERO. —No tiene mucha facilidad de movimientos, mujer, pues todo el pueblo de Mélide, colocado en torno suyo, le interroga y no puede ni dar un paso adelante. Cada uno quiere satisfacer su deseo enterándose y no le suelta antes de oÃrle a placer. Y asà aquél está allà no por su gusto, sino para dárselo a ellos. Pero en seguida se mostrará a tu vista.
DEYANIRA. —¡Oh Zeus, tú que dominas la pradera indivisible del Eta!, nos has dado por último una alegrÃa. Cantad, oh mujeres, las que estáis dentro del palacio y las que estáis fuera, porque disfrutamos ahora del consuelo de esta noticia que se presenta inesperada para mÃ.
CORO.