Las traquinias
Las traquinias NODRIZA. —De la más terrible, por las circunstancias al menos.
CORIFEO. —Dime, mujer, ¿qué muerte ha encontrado?
NODRIZA. —A sí misma se destruyó.
CORIFEO. —¿Qué impulso, qué sufrimientos?
NODRIZA. —La punta de un maligno dardo la aniquiló.
CORIFEO. —¿De qué manera planeó llevar a cabo sola, además de una muerte, otra?
NODRIZA. —Con el filo de un funesto hierro.
CORIFEO. —¿Has visto tú, oh insensata, semejante desmesura?
NODRIZA. —La vi, pues estaba a su lado.
CORIFEO. —¿Quién fue? ¿Cómo? ¡Ea, habla!
NODRIZA. —Ella misma, con sus propias manos lo ha hecho.
CORIFEO. —¿Qué dices?
NODRIZA. —La verdad.
CORIFEO. —La recién aparecida, esta doncella, ha engendrado, ha engendrado una gran Erinis para esta casa.
NODRIZA. —Y tanto. Seguro que la hubieras compadecido más si, estando cerca de ella, hubieras visto qué cosas hizo.
CORIFEO. —¿Y una mano de mujer se atrevió a hacer esto?