Las traquinias
Las traquinias NODRIZA. —¡Y de forma terrible! Te enterarás, de modo que seas testigo en favor mío. Una vez que se presentó, dentro de la casa, sola y vio que su hijo en la habitación preparaba una cama vacía para volver a salir al encuentro de su padre, encerrándose donde ninguno la pudiera ver, daba gritos de dolor, echada a los pies de los altares, diciendo que iba a ser abandonada. Y gemía al tocar cualquier objeto de los que, desventurada, antes se había servido. Iba de un lado a otro del palacio. Si veía a alguno de sus queridos servidores, lloraba la desgraciada al mirarlo, lamentando a gritos ella misma su propio destino y el de la hacienda en poder ajeno en el futuro. Y cuando terminó de hacer estas cosas, repentinamente la veo que se precipita al lecho de Heracles. Yo, entretanto, con oculta mirada vigilaba en la sombra, y observo que la señora extiende las mantas sobre el lecho de Heracles. Cuando terminó, subiéndose encima, se sentó en medio y, derramando un ardiente caudal de lágrimas, dijo: «¡Oh lecho y cámara nupcial mía! Adiós ya para siempre, porque nunca me recibiréis como esposa en este tálamo.» Después de decir esto, se quita con mano diligente su peplo, al que un broche labrado en oro había fijado al pecho, y se descubrió todo el costado y el brazo izquierdo. Yo me echo a correr todo lo que me permiten las fuerzas y le informo a su hijo de lo que ella está planeando. Nos precipitamos de allí a aquí y vemos que, con una espada de doble filo, se ha herido en el costado, bajo el corazón y el diafragma. Al verla, el hijo estalla en sollozos, pues conoció, infeliz, que había ejecutado esta acción a consecuencia de su cólera, informado demasiado tarde por los de la casa de que lo había hecho involuntariamente, por recomendación del Centauro.