Las traquinias
Las traquinias ANTÍSTROFA 2.a
Por lo visto está al lado y no lejos aquello por lo que yo lloraba antes sonoramente, cual un ruiseñor. Extraña es esta comitiva de extranjeros. Y, ¡de qué modo le transportan, como cuidando a un ser querido, marcando el paso lento y silencioso! ¡Ay, es conducido sin voz! ¿Qué hay que pensar, que está muerto o bajo la acción del sueño?
(Entra un cortejo que transporta a Heracles en una camilla. Hilo y un anciano caminan a su lado.)
HILO. —¡Ay de mí! Yo por tu causa, padre, ¡ah!, por tu causa, soy desgraciado. ¿Qué puedo hacer yo? ¿A qué atenderé?
ANCIANO. —Silencio, hijo, no remuevas el violento dolor de un padre que sufre cruelmente. Vive, aunque postrado; así que contente, mordiéndote tus labios.
HILO. —¿Cómo dices, anciano? ¿En verdad vive?
ANCIANO. —Mira, no despiertes al que está sujeto al sueño, ni suscites o provoques la terrible enfermedad, hijo.
HILO. —Encima de mí, desdichado, hay un peso enorme. Mi ánimo está fuera de sí.
HERACLES. —¡Oh Zeus! ¿A qué tierra llego? ¿Junto a qué hombres yazco afligido por incesantes dolores? ¡Ay de mí, desgraciado! Este maldito mal me consume de nuevo, ¡ay!