Las traquinias
Las traquinias ANCIANO. —¿Te has dado bien cuenta de qué ventaja era ocultar tu angustia en silencio y no dejar escapar el sueño de su cabeza y de sus ojos?
HILO. —No sé cómo hubiera podido resignarme, viendo esta desgracia.
HERACLES. —¡Oh tierra Cenea, cimiento de altares! ¡Qué agradecimiento he obtenido para mÃ, infortunado, en pago de tales sacrificios! ¡Oh Zeus, en qué ruina me convertiste, en qué ruina! ¡Nunca yo, desventurado, debÃa haberla visto con mis ojos! ¡No debÃa haber contemplado nunca la inexorable fuerza de esta locura! Pues, ¿quién es el encantandor, quién el habilidoso en medicina que, aparte de Zeus, pueda suavizar este dolor? ¡Lejos se podrÃa ver tal portento!
Dejadme, dejadme a mÃ, desgraciado, descansar. Por última vez, dejadme descansar.
(Al anciano.) ¿Dónde me tocas? ¿Hacia dónde me mueves? ¡Me matas, me matas! Has reavivado lo que ya estaba calmado. Se ha apoderado de mÃ, ¡ay, ay!, se introduce de nuevo ésta. ¿De dónde sois, oh varones, los más injustos de todos los griegos, por los que yo, infeliz, me arriesgaba a morir cuando os liberaba de numerosos peligros tanto en el mar como en los bosques todos? Y ahora, en esta enfermedad, nadie aportará fuego ni espada que me socorra, ¡ah, ah!, y ninguno quiere llegarse para cortar por la fuerza la cabeza de un ser abominable, ¡ay, ay!