Las traquinias
Las traquinias HERACLES. —Tú, oye lo que tienes que hacer. Ha llegado el momento en que vas a mostrar qué clase de hombre es llamado hijo mÃo. En efecto, yo tenÃa desde antiguo una profecÃa de mi padre, según la cual, yo morirÃa no por obra de ninguno de los vivos, sino de quien, ya muerto, fuera habitante del Hades. Éste, el Centauro, muerto, me ha matado a mà que estoy vivo, cumpliendo el oráculo divino. Y yo voy a revelar qué nuevos oráculos resultaron iguales a éstos, concordantes con los antiguos, los que yo, al llegar al recinto sagrado de los Selos —los que viven en la montaña y duermen en el suelo—, me hice inscribir de acuerdo con la encina paterna de muchas lenguas, la cual me decÃa que, en el tiempo en que estamos y en la situación actualmente presente, se cumplirÃa para mà la liberación de los trabajos impuestos. Yo creÃa que se realizarÃa felizmente, pero no se referÃa, por lo visto, a otra cosa que a mi muerte, pues para los muertos ya no existe la fatiga. Y asÃ, ya que éstos resultan claros, hijo, debes aliarte con este hombre y no esperar provocar mi lengua, sino que, cediendo, colabora con él, reconociendo que la más bella de las normas es obedecer a un padre.
HILO. —Pero, ¡oh padre!, me espanta el llegar a semejante punto de tus palabras; no obstante, obedeceré en lo que tú creas oportuno.
HERACLES. —En primer lugar, dame tu mano derecha.