Heidi
Heidi Heidi escuchó la sentencia sin conmoverse. La pequeña dependencia de la cabaña que su abuelo llamaba bodega, donde conservaba el queso y la leche, le parecía, por el contrario, un lugar atrayente. En cuanto a las lagartijas y a las ratas, no las había visto jamás. Fue Clara la que elevó la voz en son de queja.
—¡No, no, señorita Rottenmeier! Espere a que mi papá esté aquí. Ha escrito diciendo que va a llegar de un momento a otro. Se lo contaré todo y él decidirá lo que se debe hacer.
La señorita Rottenmeier no tuvo más remedio que doblegarse ante aquella orden, tanto más cuanto que estaba a punto de llegar el padre de Clara.
Se levantó pues, y dijo con tono seco:
—Está bien Clara, pero también yo hablaré con el señor Sesemann. —Y salió de la habitación.
Los siguientes días fueron de calma. Sin embargo, la señorita Rottenmeier no salía de su indignación. Cada vez que veía a Heidi, pensaba en el error que había cometido al hacerla venir a aquella casa. También estaba convencida de que, desde la llegada de la niña, todo se había desquiciado y jamás volvería a reinar el orden.