Heidi
Heidi No se atrevía a dejar su sillón, temiendo que a aquellos pequeños monstruos les diera por saltar sobre ella todos a un tiempo.
Sebastián y Tinette acudieron al fin, cazaron una por una las pequeñas criaturas, y las pusieron en la cesta. Después Sebastián se los llevó al granero, donde ya estaban instalados los dos hermanitos del día anterior.
Tampoco aquella mañana nadie había tenido ocasión de bostezar durante las lecciones. Por la tarde, la señorita Rottenmeier, ya repuesta de las emociones, reclamó la presencia de Sebastián y de Tinette para someterlos a un escrupuloso interrogatorio acerca de los incidentes que se habían producido en la casa. Se desprendió de ello que Heidi, con su salida del día anterior, había sido la causante de todo el barullo. La señorita Rottenmeier, pálida de rabia, no hallaba palabras para expresar sus sentimientos. Indicó por señas a Tinette y a Sebastián que se alejaran. Después, se volvió hacia Heidi, la cual estaba de pie al lado del sillón de Clara y no entendía muy bien qué mal había hecho.
—Adelaida —empezó la señorita Rottenmeier con voz severa—, no conozco más que un castigo que pueda causarte efecto, porque eres una pequeña salvaje. Ya veremos si en la oscuridad de la bodega, en compañía de las ratas y de los lagartos, aprendes a ser dócil y no se te vuelvan a ocurrir más locuras.