Heidi
Heidi —Por un lado accederÃa, pero, por el otro, me opondrÃa —repuso el profesor—. Lo que especialmente hace que me incline por lo primero, es que toda vuestra atención ya está concentrada en la cesta…
No tuvo tiempo de acabar su discurso. La tapa de la cesta no estaba bien cerrada y de golpe aparecieron uno, dos, tres gatitos, seguidos de otros, que echaron a correr por toda la habitación con tal rapidez que se hubiera dicho que habÃa muchos más de los que en realidad eran. Se agarraban a las botas del profesor, mordisqueaban sus pantalones, se encaramaban a la falda de la señorita Rottenmeier, le hacÃan cosquillas en los pies, saltaban alrededor del sillón de Clara, arañaban y maullaban. ¡Un verdadero barullo! Clara se sentÃa feliz como nunca y no cesaba de exclamar:
—¡Oh, qué preciosidad de animalitos! ¡Mira cómo saltan por todos lados, qué divertido, mira, mira aquél, Heidi!
Heidi, no menos encantada que Clara, corrÃa tras ellos por la habitación. El profesor, de pie ante la mesa, muy desconcertado, levantaba ora un pie ora el otro, para tratar de sustraerlos al desagradable hormigueo. En cuanto a la señorita Rottenmeier, seguÃa sentada en su sillón, muda de terror, pero después de un rato empezó a gritar con todas sus fuerzas: —¡Tinette! ¡Tinette! ¡Sebastián! ¡Sebastián!