Heidi
Heidi Todos los días, después de comer, Heidi permanecía una o dos horas en su cuarto, sentada en un rincón, sin osar moverse. En Frankfurt, estaba prohibido salir y correr como en los Alpes. Lo había entendido muy bien y ya no lo intentó. Tampoco podía salir al comedor para hablar un poco con Sebastián. La señorita Rottenmeier también se lo había prohibido. En cuanto a entablar conversación con Tinette, a Heidi ni se le pasaba por la cabeza. Evitaba encontrarse en su camino. La doncella la intimidaba y le hablaba con expresión irónica y burlona que la niña advertía perfectamente. Se quedaba, pues, sola y con tiempo más que sobrado para pensar en las montañas, que ya debían de estar verdeando, en las flores doradas, en la luz dorada del sol que hacía resplandecer todo cuanto había alrededor: la nieve, la montaña y, a lo lejos, el valle. A veces su nostalgia era tan grande que casi no lo podía soportar. ¿No le había asegurado tía Dete que podía volver a su casa cuando ella quisiera?