Heidi

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—¡Bah! No lo tome tan a pecho, señorita. ¡Más vale reírse! A mí la señorita Rottenmeier también me trata severamente, pero no hay que dejarse intimidar. Veo que la señorita no quiere moverse. Vamos, tenemos que subir, ella lo ha mandado.

Heidi obedeció y subió la escalera, pero lentamente y sin hacer ruido, lo que estaba fuera de sus costumbres. Sebastián sentía pena por ella e intentaba darle ánimos:

—No se deje abatir. No se ponga triste. ¡Usted siempre ha sido tan valiente y razonable! Y jamás ha llorado desde que está en nuestra casa; en cambio, otras pequeñas señoritas de su edad suelen llorar una docena de veces al día, ya se sabe. Además, están los gatitos. Si los viera: corren y juguetean como locos. Iremos juntos a verlos, cuando esa dama se haya marchado, ¿de acuerdo?

Heidi asintió con la cabeza tan tristemente, que a Sebastián se le encogió el corazón y le dirigió una mirada compasiva mientras ella iba a su cuarto.

Durante la cena, la señorita Rottenmeier no despegó los labios, pero la miraba frecuentemente con recelo, como si temiera verla hacer de un momento a otro alguna trastada. Pero Heidi, después de haberse guardado, como todos los días, el pan en el bolsillo, permaneció inmóvil y silenciosa sin comer ni beber.


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