Heidi

Heidi

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Entonces todo aquello que Heidi tenía en el fondo del corazón, le salió de golpe y exclamó:

—Sólo quiero irme a mi casa. Porque cuando yo no estoy, Blancanieves está triste, y la abuela me espera, y Pedro pegará a Cascabel si no recibe su porción de queso. ¡Además, aquí no se puede ver el sol ni decir buenas noches a las montañas! Si algún gavilán pasara por encima de Frankfurt, graznaría con todas sus fuerzas al ver como tanta gente se amontona aquí en vez de irse a la montaña donde se vive tan bien.

—¡Misericordia! ¡Esta niña se ha vuelto loca! —gritó la señorita Rottenmeier lanzándose escaleras arriba, donde chocó violentamente contra Sebastián, que bajaba— ¡Haga subir enseguida a esta desgraciada criatura! —exclamó frotándose la frente.

—Sí, sí, está bien, en seguida voy —contestó Sebastián frotándose el mismo sitio, porque el golpe había sido duro.

Heidi no se había movido. Sus ojos fulguraban. Estaba presa de una emoción tan violenta que le temblaba todo el cuerpo.

—¿Vaya, nos hemos metido en otro lío? —preguntó Sebastián sonriendo, pero cuando vio la expresión de Heidi, que parecía tan trastornada, le dio un amistoso golpecito en la espalda y la consoló:


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