Heidi

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—Muy bien, muy bien; me gusta oír eso —dijo su padre levantándose—. Y ahora, Clarita, discúlpame, pero aún no he comido hoy: voy a tomar algo. Luego volveré y entonces te enseñaré todo lo que he traído.

El señor Sesemann se dirigió al comedor, donde la señorita Rottenmeier se aseguraba que no faltara nada en la mesa. El dueño de la casa se sentó y la señorita Rottenmeier se sentó enfrente. Al ver la cara de viernes de su ama de llaves, el señor Sesemann dijo:

—Veamos, señorita Rottenmeier, ¿qué debo pensar? Ha puesto usted una cara que no es precisamente de bienvenida. ¿Qué ha pasado? He visto que Clarita está muy animada.

—Señor Sesemann —empezó la dama con gravedad—, lo que nos ocurre también afecta a Clara. Nos han engañado horriblemente.

—¿Cómo? —preguntó el señor Sesemann, bebiendo tranquilamente un poco de vino.

—Habíamos decidido, como usted sabe, señor Sesemann, buscar para Clara una compañera y como sé muy bien cuánto le interesa a usted que a su hija la rodeen sólo amistades nobles y superiores, había yo pensado en una niña suiza, porque esperaba ver a uno de aquellos seres sobre los que tanto he leído y que, nacidos en el puro ambiente de la montaña, atraviesan la vida, por decirlo así, sin pisar la tierra.


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