Heidi
Heidi —¡Vaya un muchacho original ese Pedro! Pero, fÃjate Heidi, no se debe creer todo lo que Pedro, u otros como él, puedan decir. Es preciso que uno mismo lo compruebe. Estoy segura de que tú no has escuchado al señor profesor con la debida atención y que no has mirado bien las letras.
—No sirve para nada —dijo Heidi con expresión de absoluta resignación.
—Heidi —continuó la abuela—, escucha bien lo que voy a decirte: si aún no has aprendido a leer, es porque has creÃdo lo que dijo Pedro, pero yo te aseguro que puedes hacerlo en muy poco tiempo, como la mayor parte de los niños que son como tú y no como ese Pedro. ¿Y sabes lo qué sucederá cuando sepas leer? Tú has visto el pastor en el bonito prado verde, pues, cuando hayas aprendido a leer, yo te regalaré el libro y en él hallarás su historia, como si alguien te la contara. Descubrirás todas las cosas extrañas que le suceden a él, a sus ovejas y a sus cabras. Te gustarÃa saber todo eso, ¿verdad?
Heidi habÃa escuchado con la mayor atención y, con ojos brillantes, suspiró:
—¡Oh, si ya pudiera leer eso!
—Todo llegará, tranquila, y si no me equivoco, no tardarás mucho. Ahora vámonos a ver lo que hace Clara; ven, le llevaremos estos libros tan hermosos.