Heidi
Heidi —¿Ése? ¡Ya lo creo! —exclamó vivamente Dete—. PoseÃa una de las más hermosas granjas de la comarca de Domschleg. Eran nada más que dos hijos. Su hermano menor era tranquilo y serio, mientras él, todo lo que querÃa era hacer el señorito, salir por allà en compañÃa de gente sospechosa que nadie conocÃa. Se puso a jugar y a beber y terminó por perder todo el patrimonio. Su padre y su madre murieron de pena, y su hermano, al que también hundió en la miseria, se fue a no se sabe dónde; en cuanto al Viejo, que no poseÃa ya nada más que su mala fama, desapareció también. Nadie supo, durante algún tiempo, qué habÃa sido de él; luego corrió la voz de que se habÃa alistado en el ejército del rey de Nápoles, y después transcurrieron doce o quince años sin que llegasen noticias suyas. Y de pronto volvió a aparecer en Domschleg acompañado de un chico, al que trató de colocar en la familia. Pero todas las puertas se le cerraron, nadie querÃa saber nada de él. El viejo se enfadó mucho y declaró que nunca volverÃa a Domschleg. Entonces vino aquà a Dörfli con el chico. Al parecer su mujer era del sur del paÃs, allà la conoció, pero murió poco después de nacer el hijo. Seguramente el viejo tendrÃa algún dinero, porque hizo que su hijo TobÃas aprendiera el oficio de carpintero. TobÃas era un buen chico, que caÃa bien a la gente de Dörfli. Pero todo el mundo desconfiaba del viejo; se decÃa que habÃa desertado del ejército, porque de lo contrario hubiera acabado muy mal: al parecer, habÃa matado a un hombre, no en la guerra, sino en una pelea. Aun asÃ, lo habÃamos aceptado como pariente nuestro, porque la abuela de mi madre y la suya eran hermanas. Por eso nosotros le llamábamos Viejo, y como casi toda la gente de Dörfli somos parientes, todos le llamaron asÃ. Cuando se estableció en lo alto de la montaña, dijeron «el Viejo de los Alpes».