Heidi
Heidi Desde el día en que Heidi trató de huir de la casa y la señorita Rottenmeier la riñó, diciéndole cuánta ingratitud había demostrado al querer fugarse y qué suerte había tenido de que el señor Sesemann no se hubiera enterado de nada, se había operado en la niña un gran cambio. Llegó a comprender que no podía regresar a sus montañas cuando quisiera, como su tía le había dicho, sino que era preciso permanecer en Frankfurt aún durante mucho tiempo, tal vez para siempre. Había también comprendido que quizás el señor Sesemann creyera que era una ingrata si ella solicitaba permiso para irse y que Clara, y quizá también la abuela, pensarían lo mismo. De ahí que Heidi determinara no decir a nadie cuánto le gustaría volver a su casa, porque no quería que la abuela, que tan buena era con ella, se enojase como ya lo hiciera la señorita Rottenmeier. Pero el peso que oprimía su corazón se hacía cada vez más pesado; casi no comía y de día en día estaba más pálida. Por las noches no podía dormir, porque cuando estaba sola en su cuarto y a su lado reinaba el silencio, ante sus ojos desfilaban imágenes de los Alpes iluminados por los rayos del sol y cubiertos de flores. Si al fin lograba dormir, en sueños veía las altas rocas del Falkniss y la nieve resplandeciente de Cásaplana. Y a la mañana siguiente, cuando se despertaba, toda contenta y dispuesta a salir para correr y saltar alrededor de la cabaña, de pronto volvía a la realidad y se daba cuenta de que se encontraba en su gran cama de Frankfurt, lejos, muy lejos de los Alpes y de su casa. Entonces Heidi ocultaba el rostro en la almohada y lloraba largo rato, pero muy bajito, por miedo de que la pudiesen oír.